Cómo usé (y no usé) la inteligencia artificial para escribir mi libro

Cuando publiqué Mi madre no me quiere en septiembre de 2024, la inteligencia artificial ya estaba por todas partes, pero al probarlo, aún se sentía como algo a medio hacer.

Mi idea era sencilla: que me ayudara a corregir faltas, detectar frases raras y avisarme de cosas que no tuvieran sentido. Soy muy de comerme palabras, verbos, adjetivos… así que pensé: “Perfecto, esto me va a ahorrar horas”.

La realidad fue otra.

Tenía que subir el texto capítulo a capítulo por los límites de tokens y lo que volvía casi siempre era una versión recortada, más corta, más limpia… pero sin mi voz. Aunque le pasé ejemplos de mi estilo, no terminaba de adaptarse y empecé a sentir que estaba perdiendo más tiempo del que ganaba.

Después de varios intentos fallidos, decidí volver a lo artesanal: corrección manual,  apoyándome en una correctora externa. La IA quedó relegada a detalles muy concretos: cambiar alguna metáfora que se repetía, pulir alguna frase suelta.

Para lo importante (mi historia) no me servía.

No porque la herramienta fuera “mala”, sino porque había algo que no podía pedirle: que viviera mi vida por mí. Cuando escribes algo tan personal como tu propia historia, con recuerdos que te han acompañado durante años, la tendencia de la IA a inventarse cosas o rellenar huecos es un riesgo.

Donde sí se convirtió en una buena aliada fue después, una vez publicado el libro. Hoy la uso mucho como apoyo para contenidos: le paso un capítulo y le pido que saque diez frases potentes para convertirlas en publicaciones para Instagram o Facebook, y eso me ahorra bastante tiempo.

Aun así, tengo que revisar bien, porque a veces me propone frases que directamente no existen en el libro.

Ahí se ve claro el papel que, para mí, tiene la IA ahora mismo: es una herramienta en la que te puedes apoyar, pero no algo que pueda reemplazarte al escribir un libro, al menos cuando se trata de algo tan propio y tan íntimo. Para temas más técnicos o profesionales, donde la información está en internet, puede tener mucho más sentido.

Pero cuando lo que está en juego es tu historia, tus heridas y tu voz, ahí la mejor “tecnología” sigue siendo tu propia cabeza.

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