Cuando cumplí mi sueño en la cárcel
Esta historia tiene 2.280 palabras, te llevará unos 10 minutos de lectura y empieza en el verano de 2021 y termina en noviembre de 2025. Pero antes de llevarte ahí, necesito que entiendas algo fundamental: lo que crees, creas.
Verano de 2021: el sueño imposible
Era verano. Acababa de empezar a escribir Mi madre no me quiere.
Los inicios fueron brutalmente duros.
Días de no cumplir con las 1.000 palabras objetivo. De no saber cómo avanzar. De releer y reescribir en vez de escribir lo que seguía. Días enteros mirando la pantalla en blanco pensando que nunca conseguiría terminarlo.
El síndrome del impostor me visitaba cada mañana. ¿Quién eres tú para escribir un libro? ¿A quién le va a importar tu historia? ¿Y si nadie lo lee?
Necesitaba algo que me motivara. Algo más grande que yo. Algo que justificara todo ese dolor de ponerme a escribir sobre lo que más me dolía.
Y entonces me lo imaginé: Algún día daría una charla con este libro en una cárcel. O en algún lugar donde la gente tuviera historias más duras que la mía. Les daría esperanza. Les mostraría que se puede salir del infierno. Que el pasado no define tu futuro.
Era un sueño. Una fantasía motivacional para seguir adelante cuando todo parecía imposible.
Me aferré a esa imagen cada vez que quería rendirme.
En noviembre de 2025, ese sueño se cumplió.
Cómo llegué ahí
Todo empezó con algo que nunca imaginé: la presentación del libro en Benarrabá, un pueblo de 500 habitantes perdido en la Serranía de Málaga. (Esa historia la contaré en otro post, pero créeme cuando te digo que ese día lo cambió todo)
Gracias a esa presentación, una amiga que trabaja como profesora en el centro penitenciario se enteró de mi libro.
Se lo llevó a sus alumnos. Lo trabajó con ellos durante semanas. Y un día me escribió:
«David, han estado leyendo tu libro. Les ha tocado mucho. Les haría mucha ilusión conocerte»
Mi corazón empezó a palpitar.
Era eso. El sueño que me había imaginado tres años atrás. El que me había ayudado a terminar el libro.
Le dije que sí sin pensarlo. Que contara conmigo para lo que necesitara.
Y me dijo que tenían que ser dos días. Porque iban a ser tres presentaciones en diferentes lugares.
Toda mi vida he huido del protagonismo. No me gusta que me miren. No me gusta ser el centro de atención.
Pero esta vez lo sentía diferente. Todavía no tengo todas las palabras para explicarlo, pero había algo en todo esto que me hacía sentir que estaba en el lugar correcto haciendo lo correcto.
Pusimos fecha. Y me preparé mentalmente para lo que venía.
Presentación 1: El centro de reinserción
Desde que llegas al centro sientes la tensión en el cuerpo.
Das tu DNI en la entrada. Esperas. Alguien pulsa un botón y se abre una puerta con un sonido metálico. Caminas por pasillos fríos. Todo es frío: la arquitectura, las aulas, el ambiente. Paredes blancas sin vida.
Me llevaron a una sala que era como una clase típica, con capacidad para unas 50 o 60 personas. Pero me gustó porque era íntima. Tenía a mi público muy cerca, muy accesible.
Poco antes de empezar, llegó la directora del centro.
Me agradeció que estuviera allí. Me dijo que le hacía mucha ilusión escucharme porque pensaba que mi historia iba a ser muy inspiradora para los internos. Que había hecho los deberes investigando sobre mí y el libro.
Me felicitó por ser tan valiente.
Y entonces, justo antes de irse, me preguntó:
«¿Estás nervioso?»
Cómo odio esa pregunta.
Claro que estaba nervioso. Y cuando estás nervioso, lo último que necesitas es que alguien te lo recuerde y esa palabra empiece a dar vueltas por tu cabeza como un disco rayado.
Pero en esos momentos trato de recordar algo que me dijo mi hermana antes de la primera presentación del libro:
«Esta gente está aquí para verte a ti. Es tu público. Hagas lo que hagas, digas lo que digas, les va a gustar»
Esa frase me quita toda la presión. Y me hace pensar en lo que realmente importa: salir a disfrutar.
Empecé la presentación.
Tenía mi PowerPoint preparado con imágenes, frases del libro y fotos de mi vida. Y tenía un discurso que medio me sabía, pero que nunca memoricé del todo porque estaba en mi cabeza y salía desde mi corazón.
Me encantaba lo que veía: gente atenta, emocionada, entregada. Tanto presos como funcionarios.
La sala estaba en silencio. Ese silencio que se siente cuando la gente está realmente escuchando.
En la presentación extraigo algunas de las frases más impactantes del libro, ordenadas para darle un toque narrativo y mezcladas con imágenes reales de mi vida.
Y entonces llegó una diapositiva con una de las preguntas más duras del libro. Una pregunta que me hice muchas veces y que respondo en el texto:
«¿Matarías a tu madre?»
Vi que uno de los asistentes empezaba a llorar.
Piel de gallina.
No dije nada. Seguí con la presentación. Pero ese momento quedó grabado en mi cerebro para siempre.
Cuando terminé, los aplausos fueron increíbles. Me gritaban que era una máquina, que olé yo, que tenía un par de cojones. (Pongo los tacos porque aquí no hay filtros. Así fue)
Pasamos a la ronda de preguntas.
Alguien me preguntó por mi familia. Por cómo estaba la relación ahora. Por si había conseguido algo con todo esto.
A mitad de respuesta me emocioné y tuve que parar.
La voz se me quebró. Sentí un nudo en la garganta. Y varios de ellos se levantaron y salieron a abrazarme.
Brutal. Inolvidable.
También me quedaré para siempre con lo que uno de ellos me dijo cuando se acercó después:
«Señor, escucharle ha despertado al duende dentro del pecho»
Presentación 2: El módulo 5
Tocaba la segunda presentación, esta vez en la cárcel de verdad. Concretamente en el módulo 5. El módulo de enfermos mentales.
Si la tensión en el centro de reinserción era palpable, aquí se multiplicaba por diez.
Este módulo estaba mucho más apartado del resto. Tenías que pasar por muchas más puertas. Caminar por pasillos más largos. Todo era más frío, más hostil, más pesado.
Yo estaba flipando por dentro.
Hasta que llegué al despacho de mi amiga.
Y fue como entrar en otro mundo: era literal como llegar a un colegio de infantil dentro de la cárcel. Lleno de cartulinas hechas a mano como si fueran proyectos de fin de curso. Dibujos en las paredes. Colores por todas partes.
Pero mi mayor sorpresa llegó cuando entramos al módulo 5.
Todo el módulo estaba decorado con la temática de mi libro.
Un póster gigante con la portada del libro formada por decenas de hojas de papel pegadas. Y un montón de corazones como el de la portada de Mi madre no me quiere colgados por todo el módulo con el texto:
«El módulo 5 sí te quiere»
Se me removió todo por dentro.
Es increíble cómo dentro de un ambiente tan hostil uno se puede llegar a sentir tan querido. O al menos tan bienvenido.
Aquí la experiencia fue mucho más real, más cruda, más humana.
Estábamos en el patio. Algunos de los reclusos venían a pedir tabaco a mi amiga. Nos contaban sus historias de cómo habían terminado allí. De sus familias. De sus arrepentimientos.
Me impactaba el respeto que le guardaban a ella. La trataban con un cariño genuino.
Y entonces uno de ellos se acercó. Nos enseñó sus brazos llenos de cortes profundos. Cicatrices recientes y viejas. Y le prometió a mi amiga, mirándola a los ojos:
«Te prometo que no lo haré más»
No se me va a olvidar ese momento nunca.
Preparamos todo para la presentación mano a mano con algunos de ellos. Esta vez era mucho más íntimo. El número de asistentes era menor y estábamos muy cerca los unos de los otros.
Aquí se notaba que algunos iban muy medicados. Me costaba más leer las emociones o reacciones del público. Pero aun así, sentía la conexión.
Todo salió genial. Lo disfrutamos mucho.
Tuvimos una ronda de preguntas muy interesante. Y muchos de ellos vinieron a felicitarme, a hablarme o incluso a abrazarme después de la presentación.
Tenían regalos muy especiales preparados para mí:
El primero me leyó un texto precioso que había escrito. Hablaba de la importancia que tenían los escritores para él. De cómo le ayudaban a viajar sin salir de la cárcel. De cómo las historias le mantenían vivo.
El segundo me regaló un retrato mío hecho a mano. Flipante. Increíblemente detallado. Hecho con lo poco que tenían allí dentro pero con todo el cariño del mundo.
Ese retrato ahora cuelga en mi habitación. Para recordarme cada día que aquello no fue un sueño.
Y el tercero, el que se veía que era el que mejor se movía por allí, el líder informal del grupo, me regaló una tableta de chocolate Suchard.
Puede parecer poco. Pero ahí dentro, ese chocolate valía oro.
Presentación 3: El salón de actos (la grande)
Casi sin tiempo para descansar (porque los horarios en la cárcel son muy estrictos), nos fuimos directos al salón general de actos.
Aquí era la gran presentación.
Entre 70 y 80 personas. Presos de varios módulos, tanto hombres como mujeres. Y yo estaba encima de un escenario con micrófono en mano y mi presentación proyectada en una pantalla gigante.
Mi amiga dice que en esta me vine arriba.
No sé cómo se vio desde fuera. Pero sí sé que lo disfruté como un niño. Veía a varias personas del público súper entregadas, asentían con la cabeza, sonreían, se emocionaban. Y eso me hacía venirme más arriba todavía.
La energía era completamente diferente a las otras dos presentaciones.
Terminé. Aplausos. Sonrisas. Miradas de agradecimiento.
Y llegó el turno de preguntas.
El primero que levantó la mano fue un hombre que estaba sentado hacia el medio de la sala.
Y lo que dijo fue esto:
«Te odio. No me ha gustado tu libro y me pareces un victimista que está aprovechando esto para ganar dinero»
El tiempo se detuvo por un segundo.
Todo el salón se quedó en silencio. Podías cortar la tensión con un cuchillo.
Respiré hondo. Y solo pude contestar una cosa:
«Yo he escrito este libro pensando en que si mi madre lo leyera nos podríamos llegar a perdonar y volver a tener una relación. Ese era mi objetivo. Si eso te parece victimismo o negocio, lo respeto. Pero para mí era necesario»
Lo que pasó después fue algo que nunca voy a olvidar.
El resto del público empezó a aplaudir.
Primero uno. Luego dos. Y en cuestión de segundos, todo el salón estaba aplaudiendo.
Y cuando ese señor quiso darme la réplica, cuando abrió la boca para decir algo más, empezaron a abuchearle. A decirle que se callara. A no dejarle hablar.
La propia gente en la cárcel me defendió.
Me eligieron a mí.
Cuando terminó todo, me paré en mitad de los dos pasillos que había en la sala. Y según se iban yendo, venían hacia mí. Me chocaban la mano. Me abrazaban. Me daban las gracias. Me decían que les había tocado mucho.
Fue una fila interminable de humanidad.
Tuvimos que terminar porque los reclusos tenían que irse a comer. Pero yo me hubiera quedado más tiempo sin dudarlo.
Lo que aprendí
A pesar de que tenía la misma presentación en PowerPoint, los tres discursos fueron diferentes.
Tenían una estructura similar, pero al ir viendo cómo reaccionaba cada público me iba adaptando. Cambiaba el ritmo. Profundizaba más en unas cosas. Pasaba más rápido por otras.
Mi amiga me contaba que normalmente la atención en este tipo de eventos es poca o nula. Que la gente se distrae, habla entre ellos, se va a mitad.
Y se sorprendió del buen comportamiento y lo atentos que habían estado en las tres presentaciones.
Pero lo más importante que me llevo de todo esto es otra cosa:
En 2021 me imaginé este momento. Lo usé como motivación para seguir escribiendo cuando todo parecía imposible. Me aferré a ese sueño para no rendirme.
Y en 2025 pasó. Tres veces en dos días.
Lo que crees, creas.
Escribí un libro para sanar las heridas que tenía abiertas con mi madre. . Y terminé presentándolo en el lugar donde la gente más necesita reconexión, perdón y esperanza.
La ironía es brutal y hermosa a la vez:
La gente en prisión, gente que ha cometido crímenes reales, vio mi verdad. Se conectó con mi historia. Me defendió.
El que estaba «libre» (el hater) no pudo verlo. O no quiso.
No sé si algún día mi madre leerá este libro. No sé si algún día nos perdonaremos.
Pero sí sé que he ayudado a otras personas. Que he despertado duendes dentro de pechos que creían que ya no podían sentir nada.
Y eso, al final, también es una forma de sanar.