¿Qué capítulo fue más difícil de escribir?
El capítulo que más me costó escribir fue la carta a Davidín. No solo porque es el final, sino porque yo sentía que tenía que ser la traca final del libro… y eso me obsesionó durante meses.
Tenía casi todo el libro escrito y, cuanto más me acercaba al final, más me bloqueaba. Quería cerrar a lo grande, pero por mucho que me sentaba a pensar, no venía nada que me pareciera digno de todo lo que había contado antes.
Era como si tuviera el escenario montado, las luces encendidas y el protagonista se negara a salir.
Y, como suele pasar, la idea no apareció sentado delante del ordenador, sino mientras la vida pasaba.
Venía de las fiestas de moros y cristianos de Jijona, en un momento muy especial porque varios de mis amigos fueron capitanes, con toda la resaca emocional que eso trae: orgullo, nostalgia, cansancio y el típico “joder, qué suerte he tenido de poder haber vivido este momento”.
Más que nada porque se supone que iba a ser hacía dos años, y por aquel entonces yo estaba en Filipinas. Y justo en febrero de 2020 escribí a mi mejor amigo para decirle que no iba a volver a España para las fiestas. Un par de semanas más tarde fue cuando empezó en el confinamiento.
En esas dos horas de trayecto de vuelta, en la carretera, de repente lo vi claro: el final tenía que ser una carta a mi yo pequeño. A ese Davidín que estaba en medio de la guerra sin entender nada, al que nadie le explicó qué coño estaba pasando en su casa, al que le dijeron que no tendría que haber nacido.
Esas dos horas de coche fueron inolvidables. Iba solo, pero era como si llevara a ese niño en el asiento de al lado.
Cuando llegué, no me di ni tiempo a deshacer la mochila: abrí el ordenador y me puse a escribir. Era yo hablándole a él. O él hablándole a mí.
Todavía hoy pienso que es de los mejores textos que he escrito en mi vida.
No fue lo único difícil de escribir
Los dos primeros capítulos también fueron una batalla importante. Ahí me encontré con varios marrones a la vez: la página en blanco, un tema muy jodido de contar y, encima, no tener todavía claro cuál era mi estilo de escritura.
De hecho, los dos primeros capítulos los tuve que reescribir porque, cuando los terminé, no me reconocía. Era como leer la historia de otro contada por alguien que imitaba a un escritor serio.
Técnicamente igual no estaban mal, pero no era yo. Y no podía permitirme sonar como un impostor.
Además, hubo algo más: al ponerme a tirar del hilo de los recuerdos, me di cuenta de que mi cerebro había bloqueado o borrado muchas escenas. Sabía que había habido más batallas, más broncas, más humillaciones… pero no todas tenían una imagen clara.
Y escribir con esos huecos duele, porque te das cuenta de hasta qué punto has tenido que protegerte para poder seguir adelante.
Aun así, cuando conseguí encontrar mi voz y terminé esos dos primeros capítulos, tuve una sensación muy bestia: “solo con leer esto, alguien ya sabe si este libro es para él o no”.
Si no, es mejor dejarlo ahí.
Por eso ahora los ofrezco para que se puedan leer gratis.
Porque esos primeros capítulos son como la puerta de entrada a mi universo: si los cruzas, ya sabes a qué guerra estás entrando; si no, también está bien.
Lo que sí tengo claro es una cosa: este libro no está escrito para gustar a todo el mundo.